08 Consuelo Gallegos
Si alguien me salvó de lo que había sido una juventud insegura, salvaje y confundida fue
Consuelo Gallegos.
Después de varias décadas comprendo lo mucho que le debo a esa muchacha inocente,
inexperta y preciosa que tuvo muy triste e inmerecido final
Yo era director de la escuela de construcción civil de la universidad de Chile de Valparaíso
y, con una diferencia de alrededor de 20 años, el mas joven de sus profesores.
Ella estaba en el colegio, en Viña del Mar. No recuerdo qué edad tendría. Probablemente
16, porque tenía carnet de conducir, lo que le permitía manejar el precioso Ford Fairlane
Crown Victoria de 1956, de su padre, gerente de banco en Viña del Mar.
Era una jovencita bellísima, alegre, de piernas musculosas, puesto que vivía en la parte
alta de Recreo y de cuerpo duro y maravilloso. Rubia, tez muy blanca, enorme sonrisa,
ojos azules.
La piel de Consuelo era tan blanca lustrosa y brillante que los colores del ambiente se
reflejaban en ella. Entonces su rostro, sus senos y sus muslos de delfín eran como el cielo:
a veces celeste, otras rosado y con el atardecer insoportablemente seductores.
Era hermana de una buena amiga de mi hermana Raquel, la morena y espigada Ruth
Gallegos, casada con Jorge del Fierro, los tres recién egresados arquitectos de la
Universidad de Chile de Valparaíso. Las dos colegas veían con malos ojos mi relación con la
hermana muy menor de Ruth. Jorge tenía otros intereses.
Yo trataba entonces de domar un Austin Mini azul con celeste con el que alcancé a llevar a
Consuelo a Tongoy y a algunas discotecas de Reñaca.
Una noche, cuando regresábamos de una discoteca me puse a correr en el mini haciendo
un circuito que incluía un tramo de la Av. España y otro de la principal de Recreo: Tramo
plano, subida, dos curvas, tramo plano, bajada caracoleando corto. En una de las vueltas,
en la Bajada Bustos, el mini patinó algo mas de la cuenta, destruyó una pared, chocó
contra la de enfrente y volvió a meterse en la primera pared. Quedó haciendo equilibrio al
borde de un precipicio, a unos 30 mts de altura sobre la Av. España.
De pronto comprendí que estaba sentado en el asiento del acompañante y que ella, que
debía haber estado en ese asiento, no estaba en ninguna parte.
Después de mucho buscarla la encontré tirada en avenida España. Probablemente se
deslizó hasta allá por la bajada después de alguno de los choques que sufrió el Mini.
De su cabeza manaba sangre que empapaba su pelo rubio y mi poncho marrón claro que
ella se había puesto esa noche al salir de la disco.
Le metí las manos en la herida para ver si era profunda. Afortunadamente no lo era.
Pronto llegó una ambulancia y nos subieron en ella.
Al llegar al hospital de Viña nos recibió un doctor a cuya hija años antes yo, de ocioso y
desde alrededor de 80 metros con un rifle de aire le había metido un postón en una
pierna. Aquélla tarde el doctor llegó hasta mi casa y muy gentilmente me dijo que debo
ser más cuidadoso, que puedo causar un accidente grave.
Un par de dias después Consuelo estaba de vuelta en su casa, condenada a pasar unos
días en cama. En ese trance perdió la virginidad y casi todo interés en levantarse de esa
cama de música y sexo.
Hasta donde sé, nunca dejó de amarme.
Se casó con mi amigo y hermano Pancho Mora.
Se separaron un mes después.
Ella terminó internada, muy joven, en un centro de salud mental.